jueves 12 de noviembre de 2009

El esfuerzo y el ánimo

Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.
Don Quijote de la Mancha (II, 17)




Hoy S. y yo iremos al Pequeño Cine Estudio (Magallanes 1). Echan a las 22 h el documental El esfuerzo y el ánimo, de Arantxa Aguirre. Arrasto a S. -adorable consonante que se deja arrastrar, sobre todo si caen como flechas en jueves- por tres razones: porque adoro a Béjart, porque la directora es hermana de una compi mía y porque hoy es el último día, ahhh no, lo prorrogan una semana, creo. En cualquier caso, no hay excusa que pueda escaparse por algún agujero.

El esfuerzo y el ánimo es un documental cuyos ingredientes perfectamente podrían conformar una película de ficción: 35 bailarines jóvenes desamparados, un nuevo director que tras la muerte del maestro tiene que capitanear el barco, la presión de las municipalidad de Lausanne -su principal benefactor- que les tiene en el punto de mira, la angustia de Gil Roman frente al siguiente espectáculo donde se juegan el todo por el todo, el suspense que supone la acogida que el público les dispense... ¿Puede llegar a desaparecer la compañía que creó Béjart hace más de cincuenta años? Van a luchar para que eso no ocurra.

lunes 9 de noviembre de 2009

Contestando a Batania

Crónica de Batania de La casa de la fuerza de Angélica Liddell

Mi otra perspectiva
Para mí el patio de butacas del Matadero -que ya es una metáfora en sí- fue también la metáfora de un cuadrilátero de boxeo, aquel espacio delimitado por cuerdas. Piénsalo. El agotamiento físico y hasta psíquico de todos nosotros, los espectadores, era totalmente imprescindible para comprender el otro lenguaje utilizado en aquella otra casa de la fuerza. Era necesario

Supongo que conoces a Bergman, supongo que has visto sus películas, supongo incluso que te gusta, pues sabrás también que cargar la atmósfera dramática, agobiante y desesperanzadamente es su lenguaje más usual. Sus escenas, siempre deliberadamente lentas, hasta quietas, mesuradas, que podían llegar a durar en su quietud hasta 10 minutos, eran creadas así para conseguir llegar a nuestras propias reflexiones, las reflexiones del público. Para darnos tiempo. Para la digestión. Para digerirlo todo y no consentir que se hiciera bola en nuestros estómagos. El tiempo muerto para mí es necesario. En la casa de la fuerza incluso para homenajear algún cuadro de Frida Khalo. Yo aún sigo reflexionando y vi la obra el jueves.

Angélica en su casa de la fuerza intuyo que quiso arrinconar al público asistente. Quiso ponerlo a prueba. Llevarlo al límite. Como si de un estudio sociológico se tratase, recuerda que estudió Psicología y qué mejor modo de estudiar al público, a la sociedad, que arrinconándolo contra las cuerdas hasta llevarlos al límite.... algunos abandonaron, es cierto, como el que abandona porque le incomodan las verdades, así que pienso que abandonaron los olvidadizos, los acomodados, o los que, como tú, no pudisteis disfrutar en toda su extensión de la obra... en cualquier caso me alegro que te quedaras hasta el final.

La escena de los sofás y del carbón nos llevó al límite, pero precisamente por eso fue tan necesaria. Ser consciente el público de que tras sacar una quincena de sofás tendríamos también que asistir a su recogida; ser conscientes de que tras descargar casi 30 sacos de carbón tendríamos de nuevo que asistir a su retirada, para mí no fue más que un pulso de Angélica con el público, en el que puede que incluso saliera vencedora, ya que ahí abandonaron muchos. Me da hasta por pensar que para Angélica fue hasta una especie de halago descubrir que hubo quien abandonó, porque eso significaría que su estudio de laboratorio fue un éxito.
Al final pienso que la extenuación de los actores en el escenario tenía que alcanzar el equilibrio con la extenuación y el agotamiento del público. Una balanza que medía la resistencia. Por supuesto que todo esto puede ser un fantasma ilusorio rondando mi cabeza que no para y ha de encontrar respuestas a todo.

Por otro lado te digo que tienes razón en una cosa, La casa de la fuerza se hacía necesario verlo desde la segunda fila. Para escuchar el latido de Angélica y su grupo, para ver la sima de la garganta de Pau tragando tiramisú cuando alcanzaba el clímax en ese fructus ventris de vivaldi. Para corroborar el dolor de las tres actrices mexicanas relatando sus propias historias. Así que pienso que sí, que como en un combate de boxeo, habría que haberlo visto desde una segunda fila para eso, para que te salpique la sangre. Y a mí, a nosotras, nos salpicó. Eso fue una lástima, debería representarse en una sala con diez filas como máximo.....

como siempre, siento la longuitud...

Incluyo aquí unas escenas de La casa de la fuerza para que las veas en primera fila.

viernes 6 de noviembre de 2009

La casa de Angélica

Ver a Angélica es como recibir un disparo en el pecho con un chaleco antibalas, es decir, un mazazo que te empuja hacia atrás o hacia el fondo, lo más profundo, la sima. Es cierto que yo nunca he recibido un disparo, ni siquiera tengo un chaleco que salveguarde mi vida, pero yo supongo que algo así debe de sentirse; porque ver a Angélica, mi animal escénico más querido, no llega a matarte, pero golpea como un mazo en una mesa de disección.
Que frases como el sol se pone cuatro o cinco veces al día, asi es imposible que la tristeza descanse… entren en tu cuerpo, esclaviza y pudre toda la carne que hay entre tu hueso, dejándote sólo eso, tu propia esencia más humana.
Ver a Angélica me despierta, me desmesura, me desorienta, me centra, me hinca a mi asiento, un asiento donde no hay ni carne ni hueso clavado, sólo respiración excitada ante tanta verdad, ante tanta soledad. Las verdades golpean y pueden llegar a matar. La palabra además de dar salud, a veces mata.

Ayer estuvimos S. y yo en el Matadero, matemático nombre, nosotras, dos reses en una segunda fila, como esas reses más antiguas de mis también antiguas Tablas. La función, agotadoramente intensa, duró cinco horas. Cinco horas escupiendo desde aquel cuadrilátero. Cinco recibiendo sus descargas eléctircas. A S. también la sitia.
La casa de la fuerza está llenísima de imágenes, que, como cuadros, me traían a la memoria los vivos colores de Frida Khalo o de Gauguin a pesar de tanta muerte y de soledad. Descargaron sacos y sacos de carbón sobre el escenario en una escena perfecta y llena de simbolismo y S. dijo: vamos a sonarnos oscuro. Yo pensé, querrán sacar lo peor de todos nosotros. Lo más oscuro. Aquella sima.

Y siempre, una frase grapada a la espalda de la LiddeLL-. En Aftangense fue Bach significa río. Ayer fue: Tiramisú significa Levántame (el ánimo). Tira-mi-sú. Levántame-hacia-arriba; tira-de-mí.

Cuando veo a la mujer L. La LiddeLL, pierdo gravedad, y ensimismada en el espacio, despreocupada del resto, el dolor me puede durar una semana, o dos, incluso más. Ese resto, es decir, la rutina diaria, mis viajes en autobús -en este último de hoy voy escribiendo toda esta red de palabras- el trabajo, los pequeños dolores de cada uno, todo pierde un poco su sentido, porque ante verdades y pesadumbres como puños en esa casa de la fuerza, el resto es ya sangre coagulada. Caducada. Todo caduca al instante, excepto aquellas frases que como disparos han entrado en tu cuerpo roto. Un cuerpo roto que tardará en recomponerse. Todo es necesario.
Entonces, durante la función miro a S y me uno más a ella. Hay que mirarse para salvarse, para formar un todo que rompa ese otro todo, que no más que el dolor y el daño en el Mundo –no sé por qué pero siempre escribo Mundo con mayúscula-. Sólo mirando al dolor. Solo, mirando al dolor.
Ver a Angélica, en general, me descorcha. Me cuartea. Me rompe en pedazos la capacidad que tiene para que el dolor que sobre el escenario ha entrado en ella, entre en cada uno de nosotros, que ajenos a todas las muertes, nos dejamos llevar en esta otra orilla de la vida, la más acomodada.
Cuando voy a ver a Angélica los músculos de mi rostro se contraen. Se contradicen. Se afean. Yo no puedo verme pero siento cómo se desencajan mis cejas, que arqueadas, son techumbre para mi hallazgo de lágirimas. Es como cuando escuchas una cantata de Bach en soledad o junto a alquien a quien quieres. El rostro se desencaja ante tanta belleza. Algo así aunque no exactamente así. En mi adolescencia solía encerrarme en mi habitación con un cuaderno y dos o tres cintas de cassette. Bach siempre entre ellas. Lloraba cuando a todo volumen sonaba el Agnus Dei de Bach. Me colocaba unos cascos gigantes en mi cabeza aún de arcilla y me abandonaba en gestos. Ayer sonó una y otra vez ese Agnus Dei, una y otra vez. Cordero de Dios.



Dicen de la risa y el llanto que no son más que un mecanismo de alivio de tensión, un mecanismo que genera el cuerpo ante situaciones en las que no sabes cómo reaccionar. ... Para mí son eso, como una descarga cuando mis nervios se resienten y la sorpresa o lo inesperado o lo invencido se mete sin aviso en mi cuerpo.
La casa de la fuerza estará en el Matadero hasta el día 8.

Os insto a ir a verla, porque está prohibido obligaros a ir a verla. Ir a verla para eso, para que lloréis y riáis ante la emoción. Para descorcharos, desconcharos, desistegraros, descentraros, desorientaros. Para refrescar nuestra corta memoria histórica. Para recordar a todos los muertos por asalto. Para recordar a los asaltados, a los exaltados… y así, sólo así, puros y partiendo de un matemático 0, podamos algun día volver a empezar a construir este Mundo, no otro mundo, sino éste, en el que ahora mismo están pisando nuestros pies desnudos. Un Mundo mirado desde nuestras particulares casas de la fuerza.

Para mí. Angélica es un lobo al que le han matado sus lobeznos. Es la fuerza en sí del lobo. La extenuación y el agotamiento físico son el único combativo de la soledad.

Enhorabuena a todas sus actrices, a sus testimonios, a la voz de Pau de Nut que va sin esfuerzo del Renacimiento a lo más moderno y que me hizo llorar sin tampoco ningún esfuerzo. A la LiddeLL... por su fuerza de lobo sobre el escenario, a su debilidad en otros campos. Todo compensa.

La voz de Pau de Nut en este Cum Dederit, una hermosísima siciliana de Vivaldi, que para ellos se titulaba Me cago en la hostia, estoy a punto de llorar, a mí, me hizo llorar. Y mi respiración sencillamente se descompensó.




cum dederit dilectis suis somnum:
ecce haereditas Domini, filii:
merces, fructus ventris.

colma a sus dilectos en su sueño.
He aquí la herencia del señor, sus hijos
su recompensa, el fruto de sus entrañas


Siento la longitud.

*en la foto Angélica ofrecía Tiramisú a Pau mientras cantaba con su renacentista voz... esta siciliana... magnífica escena

martes 3 de noviembre de 2009

Yaiza

El nombre de Yaiza Martínez, periodista y poeta recién descubierta gracias a la poeta argentina y amiga Laura Giordani, me trae siempre a la memoria al escritor Vázquez-Figueroa. Nunca había leído a Figueroa hasta aquellos días, cuando lo descubrí en el frigorífico de la casa de mi abuelo, allá en Navarra. Mi abuelo siempre fue lector fervoroso y como tenía tanto libro, una mujer muy ordenada y dos frigoríficos –siempre estaba leyendo, como mi madre-, acabó destinando uno de estos electrodomésticos –feliz palabra, electro y doméstico- al "granero", antigua cuadra en la planta de calle de una casa de piedra de cuatro plantas llenas de vida y ahora tan sola…. En ese rincón se hallaba desenchufado y solo, un frigorífico desvencijado que tenía otro destino: acoger montañas y montañas de libros en sus estantes. Llegué a conocer ese reducto alargado nombrado como “cuadra” lleno de animales vivos. Viví en plena adolescencia su transformación en un garaje, en una sala de herramientas y con la decoración de ese electrodoméstico abandonado pero interiormente vivo. Estantes que antiguamente sujetaron alimento para subsistir, y en aquellos momentos sujetaban otro tipo de alimento más intelectual e igualmente necesario. Allí nutría mi cabeza más que mi estómago. A mí me encantaba ir a casa de los abuelos, porque sabía que podía ir sin libro alguno bajo el brazo. Sin peso. En aquellos veranos tan lejanos ya, descubrí filósofos y ensayistas, hoy día necesarios a mis ojos, y de fondo, como dejándolo para el final, para cuando el hambre apretara y no hubiera más libros que devorar, descansaba un libro que rezaba: Yaiza, de Alberto Vázquez Figueroa. Debajo de ese título seguían durmiendo otros dos del mismo autor. Océano y Maradentro. Entonces llegó el día en que sólo me quedaba ese título y aquellos dos restantes. No sé por qué pero siempre me dio cierta pereza empezar con uno de ellos, quizá porque sabía que al terminarlo tendría que comenzar por su consecuencia y así hasta terminar con esa trilogía de Figueroa. Quizá me parecía duro pasar de la filosofía al relato extraordinario y lleno de aventuras de una familia. Pero ese día llegó, sí, fue un verano adelantado que ya no me quedaba nada más que comer que aquella Yaiza que con letras negras y mayúsculas parecía gritarme desde el interior de aquel aparetejo sin enchufes. Ese día comencé con Yaiza y me introduje sin quererlo en una espiral dulce y atractiva que me llevó al siguiente –Océano- y ése otro al siguiente –Mardentro-, y así hasta terminar con esa trilogía de Figueroa.

La trilogía cuenta las aventuras de una familia canaria toda una odisea transoceánica, desencadenadas por la fatal atracción que despierta sobre algunos hombres peligrosos la excepcional belleza de la enigmática Yaiza, hija menor del matrimonio de los Maradentro… Libros dulces pero reales que marcaron gratamente mi estancia en aquella casa.

–Acabo de leer también que Yaiza, la real, nació en Las Palmas de Gran Canaria, así que ahora me pregunto si todas estas ideas enmarañadas tienen un trasfondo… como lo acaba teniendo todo en la vida.

Gracias Yaiza por traerme todo esta otra etnia a mi memoria a veces tan quieta… A ambas Yaizas.



Etnia
Por Yaiza Martínez

Enterráis al muerto sin que nadie os vea
tapáis la tumba con una losa sin leyenda
y sobre la pulida piedra desnuda
depositáis

la tarta con velas
de un nuevo cumpleaños

Aquí nunca pasa nada,
ante vuestros ojos,
que son como canicas

Pero los fantasmas se reconstruyen
para regresar obre vuestro lenguaje


una
y otra vez

La inquilina sin alas

Dos poemas han sido elegidos, no sé si al azar, para incluirse en una antología de poetas del Libertad 8. Se presenta el libro este día 14 de noviembre en el café Libertad8. Ambos pertenecen al libro El campo de tus sueños rojos y a pesar de ser antiguos y rojos como mis manos, cada uno de ellos encierra una historia intensa detrás, tan intensa que aún hoy puedo recuperarla.

La mirada extraviada está dedicado desde siempre y aún perdura esa dedicatoria, a una mujer. Una mujer loca sin alas que imaginó que las tenía en su último vuelo. Yo la conocía someramente. Coindidía con ella en una cafétería hace millones de años. Ella vivía en un edificio muy alto justo al lado. No recuerdo la altura en la que vivía, no quiero recordar esa altura. En ese café, ella tomaba un té cuando le dejaban salir del psiquiátrico. Silenciosamente. Hablaba conmigo, o mejor dicho, yo con ella. Silenciosamente. Nunca fue una conversación que a sus ojos trascendiera, pero a mis jóvenes ojos por aquel entonces se grababan como llamaradas. Sus palabras me sonaban como un mazazo, como si una descarga eléctrica atravesara de arriba a abajo mi espina. Nunca pude dejar de mirarla. Se llamaba Inmaculada, jamás olvidaré ese nombre. Recuerdo su rostro y el modo de tomar el té. Su manera de sentarse, erguida, como si un susto le atravesara continuamente la boca. Sus movimientos lentos. Pero con una decisión en la mirada que a veces asustaba. Recuerdo también su pelo recortado, su alargadas facciones, su dureza, su decisión y a la vez su mirada perdida, extraviada, huérfana.
Tras casi dos meses con una mente que cada vez más le iba minando el corazón, una mañana, estando yo en la cafetería, sola, me dijeron: ¿¿No sabes qué ocurrió ayer?? Es Inma. Se ha tirado por la ventana. De repente mi mirada, también extraviada, huyó a la calle para comprobar el lugar exacto de su caída, el porqué de su "sin más", la no despedida, la decisión. Mi mirada huyó a ese pequeño reducto de jardín, perfectamente cerrado, siniestramente acogedor, que acogió aquel enjuto cuerpo pero lleno de ideas rotas. Poco después alcé la mirada hacia arriba, hacia la altura de su casa. Y descubrí después de mucho tiempo a qué altura vivía su mirada.

Descolgada, por detrás de sus ojos
hallábase la locura


LA mirada extraviada de los tardos pájaros
Húmedos todos de locura
Que aguardando solícitos plumas maternas
Permanecen ausentes, solos y locos
Bienaventurados los seres alados sin alas
La mirada extraviada de los santos locos
A los que la vida se les escapa por las muñecas
Cavan hoy la estéril tierra
Para extraer esa extranjera azul y opaca
Tapizarle de cuchillos y clavarle mil agujas
En el blanco muro de su pupila
La mirada extraviada de los muertos por agua
Suicidas todos
Con esa inquilina loca atada a sus talones
Son arrastrados al fondo
Les llamaban locos
La mirada extraviada de los ausentes
Que escrutando el mundo con torcidos ojos
Sobrellevan mal sus muertes
La mirada extraviada de los tardos pájaros
Que haciendo nidos en mi nuca
Empuñan en sus picos huesos de muerto
Y una locura
Mientras alarmados
Ansían como locos el ala cóncava
Bienaventurados los ausentes de alas y cordura

Me pregunto quién es el loco aquí, si la mirada de Inma, libre y decidida o la mía, que aún hoy anda encerrada en esa espiral, su espiral.

El poema La voz humana lo despertó el compositor Arvo Pärt.